Una escuela abandonada
José Antonio Altamirano
Cuando Pulgarcita se repuso completamente del golpe que se dio contra el poste, volvió la vista para buscar al hombre extraño. Su sorpresa fue mayúscula al darse cuenta que la gente que estaba a los alrededores no tenían idea de lo que les preguntaba. Volvió a hacerse la pregunta: -¿estaba soñando? Lo que si distinguió fue el callejón por el cual el hombre se había internado; así que venciendo sus temores se dirigió hacia ese punto. Las sorpresas la acompañaban ese día, pues la nueva fue que se dio cuenta que el callejón no era tan sombrío como en la víspera lo había distinguido y que la gente entraba y salía de él sin ningún tipo de preocupación.
Pulgarcita entonces avanzó y en el trayecto pudo notar que las paredes estaban llenas de inscripciones algunas muy largas otras muy cortas, su afán de saber qué estaba pasando era tanto que decidió ir leyéndolas todas; sin embargo, el ir y venir de la gente se lo impedía. Las personas caminaban tan aprisa que ella sufría empujones o debía estar esquivando el paso. Por un momento pensó –en realidad quiso gritar, pero cierto temor al qué dirán se lo impidió- “es que aquí a nadie le interesa la lectura por fragmentada que parezca”. En ese preciso momento una inscripción en la pared a su izquierda hizo que sus ojos se iluminaran y en su rostro se dibujara una sonrisa: “Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia.” “¡Por supuesto!, -exclamó alborozada- eso lo dijo aquel hombre”. Entonces ya no le importó que los caminantes la miraran con molestia a su paso y decidió ir leyendo todas las inscripciones pensando, quizá, en que fueran algo así como una suerte de pistas para dar con la morada del hombre raro (por cierto ¿cómo le llamaban?) “¡Ah! -se dijo para sus adentros- y qué tal si estuviera viviendo una vida en diferentes planos como Hilde-Sofía-Hilde; ¡uy, no! –reaccionó- mi papá es chofer de taxi y no piloto de avión, ese es mi antiguo prometido” (aún lo recordaba). El callejón no era tan largo como lo había supuesto y si tenía salida, conforme se acercaba a ella quería regresarse para leer las inscripciones que estaban a la entrada y que no había notado. Sin embargo, pensó que mas tarde al regresar a su casa podría pasar por este mismo lugar y cumplir dicho propósito. Una frase mas llamó su atención “Sólo Dios es el verdadero sabio” “¡Ah caray! –la expresión rebasó su interioridad y se hizo pública- ¿a quién se le ocurre decir eso?” Porque hasta ese momento lo que le habían enseñando era que aquellos aspirantes (¿o suspirantes?) a la sabiduría humana no creían en Dios. Mmjj, murmuró un tanto contrariada al leer la siguiente inscripción: “Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”. “Quien escribió eso no entiende a la juventud, seguramente ha de ser alguien con complejos familiares”. Volvió el rostro un tanto indignada, la salida del callejón estaba a unos cuantos pasos, a su derecha vio otra inscripción realizada con tinta de un rojo intenso (como de sangre brotando) “sobre toda cosa guardada guarda tu corazón porque de él mana la vida”. “What? -se aventó la única palabra que sabía pronunciar correctamente en inglés- estos conceptos si que me intrigan”.
Un hombre estaba a la salida del callejón, su vestimenta lo delataba como alguien de alcurnia. Pulgarcita se dirigió a él para preguntarle…¿de qué le iba a preguntar ahora? Había entrado al callejón porque quería saber qué había pasado con el hombre raro con el que se había topado (bueno, en realidad se topó con el poste) minutos antes (u horas antes, no lo sabía con precisión). Mas ahora quería saber acerca del origen de las frases que con tanto interés había estado leyendo (excepto la que se refería a los jóvenes tiranos que aún le hacía poner el gesto adusto). El hombre escuchó el alud de preguntas y se dispuso a responder, Pulgarcita no dejó de notar un gesto de cierto pesar en su rostro, “mira jovencita –le dijo con suma gentileza- todo lo que acabas de leer, y aún lo que no leíste, son expresiones de y para la vida misma. Quizá algunas pueden parecerte incomprensibles o inaceptables; sin embargo, hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad.” La respuesta le pareció tan profunda, compleja y a la vez fascinante; “oiga –volvió a interrogar- ¿qué es este lugar? ¿para qué escribieron eso en las paredes?” El hombre le respondió con calma, invitándola a reflexionar mas allá de lo aparente y a continuar en la búsqueda del conocimiento; le dijo que el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano. A Pulgarcita le parecieron demasiadas la emociones para aquel día. “Disculpe –cuestionó finalmente- ¿en dónde estamos? ¿cómo se llama aquí?” Aquel hombre se disponía a retirarse y lacónicamente respondió “este es el crucero de amor y sabiduría (philia y sophia pues, para ponernos un tanto grecoparlantes) pero desde hace tiempo se encuentra un tanto olvidado está, digámoslo así, como una escuela abandonada…
Pulgarcita se quedó pensando en la respuesta del hombre, lo vio marcharse sin atreverse a preguntarle algo mas. Lo vio entrar a un edificio que tenía un letrero que decía “La Academia”. “En fin -pensó ella- ya se hizo tarde y debo regresar”. Ya no se ánimo a entrar al callejón y emprendió el regreso por otra ruta, la que fuera, solo que no oliera a escuela abandonada.
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