miércoles, 21 de abril de 2010

LA MUERTE

Se dice que todo tiene un principio y un fin, esa es la ley inexorable de la vida; por lo tanto el nacer trae consigo la seguridad de morir. De hecho, la muerte es lo único que tiene asegurado un recién nacido; porque por mas buenos deseos y expectativas que se tengan para él, nadie puede asegurar que vaya a tener todo lo mejor (o peor). La muerte será el punto de arribo de su existencia. Por lo tanto, es necesario, enfocarla como parte misma de la vida.

Para mi la muerte no es el fin, dado que considero que la vida tiene un propósito eterno, el deceso físico se convierte en el paso, la transición hacia el más allá. Entonces cuando uno vive con propósito, el momento de la muerte –inevitable- no se ve como una tragedia, ni causa temor pensar en ello. Eso no significa, desde luego, buscar afanosamente la muerte a través del suicidio o de alguna imprudencia. Creo que cada uno tiene determinado el momento en el cual habrá de partir de este mundo de acuerdo a un plan personal que Dios tiene establecido. Por eso vivir la vida de acuerdo a principios y valores es prepararse adecuadamente para morir. Afrontar cada día con la esperanza de que el mañana, inmediato y remoto, será mejor es fortalecerse para el momento inevitable. Porque morir no es evaporizarse sino cesación del hálito de vida, por lo tanto lo que tengamos que vivir, hagámoslo con expectativas y honestidad para ser útiles a la sociedad en la que estamos insertados. Cuando alguien se muere y se tiene la convicción anterior, el dolor que produce la partida tiene que ver con que se extraña a la persona y no por incertidumbre sobre su destino eterno.

A menudo se cuestiona la validez de los argumentos basados en la fe y en el caso de la muerte no es la excepción , por lo que sencillamente se asume la convicción propia y se respetan las demás. Ahora bien, si alguien se pregunta ¿Y si no existiera Dios y el cielo –o en su caso el infierno- como destino eterno? Puedo responder citando al filósofo, físico y matemático francés Blaise Pascal “prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe –al final no habré perdido nada- que equivocarme no creyendo en un Dios que existe” (el subrayado es mío).

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