Un descuido en alguna acción puede generar algún problema para alguien, de ahí la importancia de poner atención incluso a lo que se podría considerar como insignificante. En muchas ocasiones inmersos en la velocidad de la rutina diaria no percibimos que situaciones pequeñas pueden convertirse en grandes dificultades para nosotros o los demás. Cuando es para nosotros podemos, y debemos, evaluar los daños y asumir las consecuencias: sin embargo, cuando el efecto recae sobre otros nos quedamos sin posibilidad de resarcir los posibles estropicios generados. Somos seres sociales, y por esa condición y cualidad lo que hagamos o dejemos de hacer siempre tendrá efectos en nuestros congéneres.
A veces una palabra mal usada -tanto en forma como en tiempo- puede propiciar heridas profundas pues los niveles de sensibilidad varían sustancialmente de una persona a otra, y en eso no hay qué hacer más que reconocerlo y ser cuidadosos al momento de expresarnos verbalmente o escrituralmente. Así mismo un acto, por fugaz o duradero que sea, puede dar pie a situaciones incómodas que podrían alterar notoriamente las relaciones preestablecidas. Por ello vale la pena esforzarse por participar en la convivencia generosa en el respeto y el tacto, cuidadosa de las formas y las expresiones. Vale la pena por que así seguiremos creciendo integralmente en beneficio nuestro y de los demás. El imperativo kantiano encomiaba a tratar a los demás con la dignidad que merecen por el hecho de ser personas -libertad frente al mecanicismo de la naturaleza- igual que nosotros. Mucho tiempo antes que el filósofo prusiano, el humilde carpintero de Nazaret exhortó a cada uno a tratar a los demás como quisiera uno ser tratado...¡La regla de oro si que sigue siendo valiosa!
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