Cuando se acerca el final de un
ciclo las emociones suelen embargarnos, y entonces lo que decimos se impregna
de un sentimentalismo insoslayable. No podemos ignorar el grito que nuestra
alma enuncia, no podemos minimizar su efecto en nuestra vida y circunstancias.
Cuando se cierra un ciclo es señal inequívoca que otros se abren en el
horizonte de nuestra existencia, y debemos afrontarlos con la misma dedicación
y entereza que el previo. Es momento oportuno de reflexionar en aquello que ha
absorbido parte de nuestro tiempo, esfuerzo y vida, en la impronta que nos
lega, y que deberá servirnos para crecer en todos los órdenes de nuestra
existencia.
Hoy se cierra un ciclo que inició
en mayo de 2004: el viaje de graduación a Jenness Park. Desde entonces –con la
excepción del año 2008- he estado aquí disfrutando de la majestuosa creación,
así como de la convivencia con alumnas(os) y compañeros(as) docentes. Han sido
semanas de disfrute y aprendizaje intensos; de sembrar en los corazones
adolescentes la semilla de la palabra de Dios, así como la posibilidad de tener
un nuevo estilo de vida que les engrandezca y ennoblezca a cada instante. Han
sido días de intensa actividad física, de retos atléticos, de comprensión y
tolerancia, de conocer aspectos de la vida que sólo se descubren precisamente
en estos escenarios.
He vivido experiencias que se
quedaran para siempre en mi mente y corazón, serán parte del baúl de mis
tesoros emotivos. Aquellas charlas con adolescentes con necesidades vitales,
orar con y por ellos y ellas pidiendo la bendición de Dios para sus vidas, las
doce o trece horas de recorrido en el autobús estando atento a sus necesidades,
el acostarme después que todos ellos y despertarme antes para saber que están
bien; la vista espectacular del comedor hacia el resto del campamento…¡Y mucho
más que es imposible citar ahora pues al hacerlo escribiría hojas y hojas!
Agradezco a Dios primeramente por
estas ocho oportunidades de estar aquí; a mi esposa e hijas por soportar estas
ausencias que obligan siempre a ajustes en nuestra dinámica familiar. A las
autoridades del IMAN por pensar en mi para formar parte de este equipo de
trabajo; a mis compañeras y compañeros docentes con quienes he compartido la
aventura. Solo me resta decir: ¡Jenness Park es un sitio ideal para escuchar la
voz de Dios y tomar decisiones trascendentes! ¡No sé si algún día volveré, por
ello digo “hasta pronto”, ha sido una gran bendición estar aquí!
(jaat)
junio 20, 2013
20:27 hrs.
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