miércoles, 19 de septiembre de 2012

27 años han pasado...

Al abrir la puerta y entrar lo primero que se escuchó, con la peculiar pronunciación de un niño de apenas dos años de edad, fue: "la cata te muevia ati" -la casa se movía así-. Era su manera de informar acerca del terremoto que recién había ocurrido y que había terminado por desatar la ola de psicosis colectiva entre la población. El pequeño no sabía sobre lo trágico del acontecimiento, no imaginaba el dolor que ese movimiento telúrico -y el del día anterior- habían traído sobre la gente, no suponía que mientras él, después de su informe sorpresivo, volvía a sus juegos, miles de personas volvían sus cuerpos a la tierra, enviados con premura por la fuerza incontrolable de la naturaleza. Al salir de esa casa que solamente se había movido, se empezaba a dimensionar la tragedia emocional: la gente corría despavorida, algunos a mitad de la calle se hincaban y elevaban plegarias de auxilio y fortaleza, otros más salían de sus casas con cobijas dispuestos a pernoctar en los autos o totalmente a la intemperie; otros buscaban el abrazo reconfortante conocieran o no a quienes se los pedían. Era un momento totalmente diferente a todo lo que se hubiera podido imaginar, no había mucho por hacer más que pedir fortaleza, elevar la jaculatoria de impotencia humana y dependencia divina. Hacia arriba era la dirección en la cual las miradas proyectaban la posibilidad de obtener paz y tranquilidad. Le pasé mi brazo por encima de su hombro, le dije que también estaba asustado y no sabía qué podría suceder en las próximas horas; me comprometí a estar ahí y juntos pedir la fortaleza que viene de lo alto. Eso era exactamente lo que otras personas hacían conmigo, lo que muchos más hacían con muchos otros que deambulaban por las calles sin saber qué hacer ni qué esperar. Era el viernes 20 de septiembre, la naturaleza hizo acto de presencia en el devenir histórico del país, aquellos terremotos nos marcaron para siempre...¡Aquel fin de semana aprendí que si nos podemos ayudar como mexicanos, aprendí que Aquel que vela mi sueño es el único que me puede dar esa paz en medio de la incertidumbre! ¡Entendí perfectamente lo que quiso decir el salmista: "en paz me acostaré y así mismo dormiré, porque sólo tu Jehová me haces vivir confiado"!

Con respeto para quienes sufrieron la tragedia en carne propia. Un abrazo afectuoso Norma Nava para usted y su querida familia...

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